jueves, 8 de diciembre de 2016

EL CER ASCIENDE A LA CIMA DE CERVÍN






Treinta y una personas realizamos el pasado domingo, 4 de diciembre, una magnífica travesía de montaña por la sierra de Cervín, la emblemática y referencial montaña de Campo, población ribagorzana que se sitúa en las faldas meridionales de esta estribación pirenaica que da nombre al colegio de la localidad y a su principal urbanización. La travesía, organizada por el Centro Excursionista Riobagorza, consistió en el ascenso hasta la cima de Cervín por la húmeda y boscosa cara norte y el posterior descenso por la más árida cara sur hasta la pequeña localidad de Beleder, que en el habla ribagorzana de la zona se convierte en Belveder, pronunciado Belvedé, y que dista tan solo un kilómetro y medio de Campo.

Con el pronóstico meteorológico algo incierto, salimos desde Graus en autobús a las ocho de la mañana para, poco antes de las nueve, iniciar el recorrido andando desde la desembocadura del barranco de la Garona, afluente del río Ésera por su margen izquierda. Entre Campo y Seira, junto a la carretera N-260, a 760 m. de altitud, arranca una pista que, siempre por un espeso bosque, remonta primero el citado barranco en dirección al este y luego asciende en fuertes lazadas hasta lo alto del monte Cervín. Tras algo más de dos horas de subida, y con algunos momentos de una fina lluvia que nos obligó a ponernos chubasqueros o abrir paraguas, llegamos a un collado donde nos detuvimos a reagruparnos y desayunar. La pista principal se dirige al oeste, donde se encuentra el Cornochuelo (1627 m.), punto occidental de Cervín en que se levantan unas visibles antenas y hay un puesto de vigilancia contra incendios. Nosotros, sin embargo, nos dirigimos hacia la izquierda, en dirección al este, para ascender en primer lugar al Tozal de Salineretas (1646 m.) y luego a la cima de Cervín, conocida como Tozal de la Rasa (1685 m.), situado en la zona central de la sierra.

Las vistas desde la cima eran magníficas y nítidas hacia el sur, con la localidad de Campo un poco hacia el oeste y el valle de Bardají abriéndose hacia el este. Sin embargo, tanto las cimas del Pirineo al norte, como las de Cotiella y el Turbón entre las que se encuentra la sierra de Cervín, estuvieron siempre cubiertas de nubes bajas. Sólo la alargada silueta meridional de Baciero o Sierra Calva se distinguía con claridad en el norte más inmediato. Tras un rato en la cima y hacer la foto de grupo de rigor, retornamos al collado por el Tozal de Salineretas e iniciamos el descenso por la vertiente sur de Cervín.

El camino de bajada es totalmente distinto del de subida. Apenas marcado, desciende primero entre erizones y algo más tarde entre bojes y carrascas. Pudimos seguirlo gracias a nuestro amigo Alberto Rubio, que la semana anterior había señalizado el sendero con marcas amarillas y algunos hitos de piedras. Pasamos por un antiguo abrevadero del ganado que recogía las escasas aguas de esta vertiente y, bastante más abajo, junto a las ruinas del llamado castillo de Belveder, que más bien parecen piedras reutilizadas para construir alguna vieja paridera, hoy invadida por la vegetación. En el collado del Baile nos reagrupamos y paramos a comer Sin camino marcado, pero con el pueblo ya a la vista, entre las 15.30 y las 16.30 horas, fuimos llegando en estirado grupo a la pequeña localidad de Belveder. Pasamos junto a la ermita de San Vicente y por las tres casas del pueblo, llamadas Pena, Costa y Turmo. Nos dijeron que hubo en tiempos una cuarta, de sorprendente nombre Barbarrosa. Un poco más abajo, junto a una granja donde pudo dar la vuelta, nos esperaba el autobús. Con él bajamos hasta Campo, donde hicimos una parada para tomar algún refresco, pues, si bien el día había empezado algo nublado y lluvioso, mejoró considerablemente durante la bajada, en la que casi llegamos a pasar calor.

Según nuestro GPS, habíamos recorrido 17 km en casi siete horas y media, de las que en prácticamente dos habíamos estado parados. El desnivel de subida superó los 900 m. y los 1100 el de bajada. Estábamos contentos porque habíamos atravesado el Cervín, una de las montañas más emblemáticas de nuestra comarca ribagorzana.

Carlos Bravo Suárez 

jueves, 1 de diciembre de 2016

EL CER POR EL VALLE DE CHISTAU




Cincuenta y una personas participamos el pasado domingo, 23 de noviembre, en una excursión por el GR-19 organizada por el Centro Excursionista Ribagorza con sede en Graus. La actividad se inscribía dentro del programa “Conocer Aragón por GR”, impulsado por la Federación Aragonesa de Montañismo, y consistió en una excursión matinal de 15 km desde Gistaín, o Chistén, hasta Salinas de Sin y una posterior comida de hermandad en el Mesón de Salinas, situado en la confluencia de los ríos Cinca y Cinqueta.
Salimos de Graus en autobús a las siete de la mañana y llegamos a Gistaín poco antes de las nueve. El pueblo está situado a 1378 m de altitud y en él destacan tres llamativas torres del siglo XVI: las de las casas Tardán y Rins y la de la iglesia parroquial de San Vicente. Atravesamos la localidad e iniciamos la caminata con una breve subida hasta los 1500 m., punto más alto del recorrido. Descendimos por un bosque de robles con magníficas vistas del valle de Chistau y con el pueblo de Plan bajo nosotros. En dirección oeste, pasamos por las bordas de Feneplán y, entre piedras, vadeamos el barranco del Mon. A las 10.30 llegamos a Serveto y paramos a desayunar en su plaza mayor, sentados en unos bancos de cemento junto a la iglesia de San Félix, de bonita torre de planta cuadrangular. Desde Serveto, fuimos a Sin por carretera, por donde transita el GR-19. A un lado de la carretera, en el cruce con el GR-19.1 que lleva a Bielsa por el collado de la Cruz de Guardia, se encuentran las exiguas ruinas de la vieja ermita de Santa Lucía, donde antiguamente se reunían tres veces al año los representantes de los tres pueblos que constituían La Comuna: Sin, Serveto y Señés.
Enseguida llegamos a Sin, que tiene algunas construcciones tradicionales y una bonita iglesia parroquial con ábside románico. Como vimos que el tiempo empeoraba, decidimos no entrar en el pueblo e iniciar el ascenso al plan de Sebillún. Esta subida es lo más exigente del recorrido, aunque es corta y sólo tiene unos doscientos metros de desnivel. El camino asciende muy directo, a diferencia de la pista paralela que va subiendo en zig-zag. En el plan de Sebillún, a las doce de la mañana, comenzó a llover. Hicimos una foto de grupo e iniciamos el descenso a Salinas de Sin. Son unos 600 m. de desnivel que nos llevaron un par de horas. El sendero está bien señalizado y es bastante cómodo, sólo en un corto tramo muy erosionado había que poner algo más de atención. Tuvimos que protegernos con chubasqueros y paraguas porque seguía lloviendo y, aunque la lluvia era fina, nos iba calando poco a poco. El camino transita por bosque de carrascas, robles y algunos pinos. A las 14 horas llegamos a Salinas de Sin, un pueblo constituido en buena medida por construcciones modernas para trabajadores cualificados de las centrales hidroeléctricas de la zona. Desde el puente sobre el río Cinca, se contempla una pequeña y hermosa garganta con grandes rocas en el cauce y aguas de intenso color azul.
A las dos de la tarde, tras cinco horas de recorrido, llegamos al Mesón de Salinas en cuyo aparcamiento nos esperaba el autobús. Nos cambiamos de ropa y nos fuimos a comer al restaurante, tal como teníamos programado. Comimos muy a gusto y en muy buena convivencia y armonía. Un poco antes de las 17 horas, iniciamos el viaje de vuelta en autobús. A las seis en punto de la tarde llegábamos de regreso a Graus.
Carlos Bravo Suárez.
 (Artículo publicado hoy en Diario del Alto Aragón)

domingo, 27 de noviembre de 2016

CAMINAR Y LEER


Caminar”. William Hazlitt y Robert Louis Stevenson. Nórdica Libros. 2015. 96 páginas.

Dos textos del siglo XIX que unen las pasiones de pasear y leer

Leer y caminar son dos de mis principales aficiones. Por eso, me llamó la atención este librito, publicado el pasado año por la editorial Nórdica, que reúne dos breves textos de dos destacados escritores británicos del siglo XIX: “De las excursiones a pie”, de William Hazlitt, y “Caminatas”, de Robert Louis Stevenson, traducidos del inglés por Enrique Maldonado Roldán. Tratan ambos sobre la devoción que estos dos autores tenían por la práctica de las caminatas, preferentemente en solitario. El opúsculo se completa con un estupendo prólogo de Juan Marqués.

William Hazlitt (1778 – 1830) fue un célebre escritor inglés, autor de ensayos humanísticos y críticas literarias. Ha sido considerado como el mejor crítico literario británico después de Samuel Johnson, sobre todo en lo que al análisis y estudio de las obras de Shakespeare se refiere. Robert Louis Stevenson (Edimburgo, 1850 – Samoa Occidental, 1894) es uno de los más grandes escritores de todos los tiempos. Autor de novelas excepcionales como “La isla del tesoro” o “El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde”, sus restos mortales reposan en la isla de Samoa, donde terminó sus días y era conocido como Tusitala (“el contador de historias”) por los nativos del lugar.

En el prólogo del libro, Juan Marqués establece una interesante diferencia entre pasear y caminar: “Pasear es un entretenimiento distinguido, burgués, ocioso, elegante...; caminar es más bien algo instintivo, natural, salvaje. Pasear es un rito civil, y caminar es un acto animal. Pasear es algo social, y caminar algo más bien selvático, aunque sea por las calles de una ciudad. El que pasea se imagina paseando, o gusta de observarse según la perspectiva de los otros; el que camina es, en ese sentido, extrovertido, solo le importa el afuera. El que pasea coquetea diciendo que sale a buscarse a sí mismo, a conversar machadianamente con uno mismo, a reencontrarse o reconstruirse...; el que camina tampoco sabe nada pero por lo menos ya ha alcanzado a darse cuenta de que hay poco que escarbar dentro de sí, y rastrea vorazmente el exterior, las calles, los campos, los cielos. […] Caminar es algo que está decisivamente relacionado con la independencia y con la libertad”. Marqués establece también la estrecha relación entre las caminatas y la lectura y escribe que es “incomprensible no llevarse libros a los viajes”. Los dos autores de los textos, sobre todo Hazlitt, coinciden en que uno de los mayores placeres tras una solitaria caminata es, además de la cena, la lectura de un buen libro en la posada.

El texto de Hazlitt es anterior al de Stevenson y este glosa a aquel en buena parte de su escrito. Ambos son partidarios de caminar en soledad, pues cualquier conversación puede estropear, salvo en algún caso excepcional, el disfrute del camino. “Una de las experiencias más placenteras de la vida es una excursión a pie. Eso sí, prefiero hacerlas a solas. Puedo disfrutar de la compañía en un salón, pero al aire libre la naturaleza es compañía suficiente para mí. Nunca me hallo en estos momentos menos solo que cuando me encuentro a solas”.“No es posible leer el libro de la naturaleza con la continua molestia de traducirlo para beneficio de otros”.Sólo de una temática le resultaría agradable a Hazlitt conversar en una excursión: de lo que uno tomará de cena al llegar por la noche a la posada. El anonimato en la posada o el alejamiento de la ciudad proporciona una plenitud de los sentidos y una intensa sensación de libertad. El caminante busca la calma y la tranquilidad de la naturaleza frente a las prisas y urgencias del mundo moderno.

Como se ha dicho, Stevenson ratifica en su texto “Caminatas” las afirmaciones de Hazlitt, añadiendo algunas sensaciones placenteras, como las de perder la noción del tiempo y abandonar cualquier consulta al reloj cuando se camina o disfrutar de las paradas, incluso fumándose una buena pipa. En lo único que discrepa del ensayista y crítico es en saltar o correr durante las excursiones, pues las alteraciones en el paso aceleran la respiración, rompen el ritmo, no son agradables para el cuerpo y “distraen e irritan la mente”.

“Caminar” es un librito ameno, entretenido y jugoso, que hay que situar en su contexto del siglo XIX. Lástima que su excesiva brevedad haga que su lectura sepa a poco.

Carlos Bravo Suárez


domingo, 13 de noviembre de 2016

LOS BOSQUES IMANTADOS



“Los bosques imantados” es una novela sorprendente y atípica. Su autor es Juan Vico (Badalona, 1975), licenciado en comunicación audiovisual y máster en Teoría de la Literatura. Colaborador en diversos medios de comunicación, fue redactor de la revista literaria Quimera y es autor de los libros de poesía “Víspera de ayer” (2005), “Still Life” (2011) y “Balada de Molly Sinclair (2014), el libro de relatos “El claustro rojo” (2014) y las novelas “Hobo” (2012) y “El teatro de la luz”” (2013). Con la publicación de su reciente novela “Los bosques imantados” por la editorial Seix Barral, el escritor badalonés ha dado un importante salto en la mayor difusión y conocimiento de su obra literaria.

“Los bosques imantados” presenta un interesante caso de enfrentamiento entre ciencia y superstición, entre racionalidad y falsas creencias populares. En el verano de 1870, en el bosque de Samiel, a las afueras de Saint-Boffon, un pequeño pueblo de la Francia rural, se reúnen centenares de curiosos, devotos, médiums, magos y periodistas para asistir a un fenómeno único y sin parangón. Durante la noche del 10 de julio, se va a producir un eclipse de luna que va a aumentar las supuestas propiedades magnéticas y curativas que, según la tradición, posee ese inmenso bosque. Entre los periodistas desplazados al lugar figura Victor Blum, corresponsal del diario El Siécle y hombre escéptico y empeñado en una cruzada personal contra la superchería, el engaño y el fraude pseudocientífico tan frecuentes en aquel tiempo. Blum se convierte en el protagonista de la novela y luchará por desenmascarar las falsas teorías del mesmerismos y del magnetismo animal, defendidas y propagadas por un oscuro personaje llamado Locusto, al que pocos han visto pero cuya aparición estelar para curar a los enfermos todos esperan en la mágica noche del eclipse. En el siglo XIX, cuando mucha gente dejó de creer en Dios, afloraron estas teorías que se relacionaron con la hipnosis y que defendían la existencia de un fluido magnético que podía ser manipulado para acabar con algunas enfermedades extrañas. Victor Blum es, sin embargo, admirador y biógrafo del mago francés Robert-Houdin, auténtico mago que explica racionalmente cada uno de sus trucos y cuya existencia real está, según ha explicado el propio Juan Vico en alguna entrevista, en la base de la génesis de su libro.

La novela explica la llegada de Victor Blum a Saint-Boffon tras un largo viaje en diligencia -donde coincide con un enigmático interlocutor- , su relación con sus colegas de la prensa parisina también desplazados hasta allí y con algunos personajes del pueblo que le irán descubriendo un extraño y misterioso pasado, en el que se incluyen algunos episodios aparentemente paranormales, ocurridos a las mujeres de la casa en que se hospeda el periodista, que no ha sido aceptado en el principal establecimiento hotelero de la localidad. A aumentar el misterio y la intriga contribuyen varios hechos ocurridos en el pueblo antes de la noche del eclipse: el asalto nocturno que sufre el propio Blum, la enigmática profanación de la iglesia parroquial de Saint-Boffon y el asesinato de uno de los periodistas venidos de París. Vico presenta un interesante elenco de variados personajes, descritos con certera verosimilitud realista, y combina con acierto la novela de misterio y el genero detectivesco. La novela mezcla en dosis equilibradas la acción, los diálogos, el suspense y la información que algunos de los personajes aportan sobre el mesmerismo, el magnetismo, la hipnosis o las diversas creencias falsamente científicas que tanto fascinan a la masa y que Blum intenta combatir y desenmascarar de todas las maneras posibles. A eso se puede añadir la importancia creciente de la prensa en el tramo final del siglo XIX y la manipulación de la información y los diferentes enfoques y versiones que dan de la misma noticia los distintos periódicos de la época, según la ideología imperante en cada uno de ellos.

Juan Vico escribe con precisión y elegancia; aportando mucha información, pero sin perderse en alardes vacíos ni innecesarias florituras de estilo. En muchos momentos, añade a la seriedad del relato buenas dosis de un fino sentido del humor, que eclosiona ruidosamente en el momento cumbre del relato. “Los bosques imantados” es una novela de lectura muy recomendable y Juan Vico una prometedora figura de la nueva narrativa española.

Los bosques imantados”. Juan Vico. Seix Barral. 2016. 224 páginas.

Carlos Bravo Suárez

jueves, 10 de noviembre de 2016

DE GISTAÍN A SALINAS DE SIN POR EL GR-19









El Centro Excursionista de la Ribagorza, con sede en Graus, ha programado para el domingo 20 de noviembre una nueva excursión que se inscribe dentro de la iniciativa “Aragón a pie por GR”, auspiciada por la FAM. En este caso, se trata de una actividad ya clásica que el club organiza cada año en estas fechas otoñales y que consiste en una excursión matinal y una posterior comida en un restaurante próximo al itinerario elegido. Antes de la comida de hermandad, que tenemos intención de celebrar en el Mesón de Salinas, los participantes recorreremos en alrededor de seis horas, a ritmo tranquilo y con algunas paradas, los aproximadamente 15 km del tramo del sobrarbense GR-19 que une las localidades de Gistaín o Chistén y Salinas de Sin.
Tras el desplazamiento desde Graus en autobús, iniciaremos nuestra excursión en el núcleo de Gistaín o Chistén, situado a 1420 m. de altitud. Desde el pueblo, tendremos unas magníficas vistas de varias peñas del macizo de Cotiella que durante siglos han funcionado como reloj solar para los chistavinos. De este a oeste, son las llamadas peñas de las Diez, las Once, Mediodía y la Una. Además de la de la iglesia parroquial, tiene Chistén dos bonitas torres de planta cuadrada: las de las casas Tardán y Rins. Tras atravesar el pueblo, saldremos de él por la llamada Fuen de Ciella. Siempre siguiendo las marcas rojiblancas del GR-19, y en dirección al oeste, ascenderemos por un camino ancho hacia el llamado barranco Foricón. Atrás dejaremos magníficas vistas de Chisten y de Plan, abajo, en el fondo del valle. Después de una corta subida, seguiremos un camino en suave bajada hacia Feneplán y el barranco del Mon, que normalmente cruzaremos por piedras sin problemas. Siempre con hermosas vistas, entre bojes y robles primero y luego por prados y bordas, en algo más de una hora llegaremos a Serveto (1306 m.) que, junto a Señés y Sin, constituyen los tres pueblos de La Comuna.
Destaca en Serveto, donde hay una placa dedicada al aragonés universal Miguel Servet, la torre cuadrangular de su iglesia de San Félix. Desde Serveto a Sin hay unos dos kilómetros y el GR-19 transcurre en buena parte por la carretera que une ambos pueblos. Junto al cruce entre el GR-19 y el inicio del ramal del GR-19.1 que lleva a Bielsa por el collado de la Cruz de Guardia, estaba la antigua ermita de Santa Lucía, donde se reunían los representantes de la Comuna para tomar las decisiones importantes. Sin tiene interesantes construcciones tradicionales y una magnífica iglesia parroquial.
Desde Sin (1260 m.), el GR-19 inicia una fuerte, aunque corta, subida que va atajando la pista -otra opción- que asciende hasta el Plan de Sebillún, una zona de verdes prados con magníficas vistas que se halla a 1384 m. y constituye el punto más elevado de nuestro recorrido. Desde allí iniciamos un rápido y pronunciado descenso hasta Salinas de Sin (800 m.) por el llamado camino de Escarto. Pasadas las casas de una urbanización hidroeléctrica, llegamos a la confluencia de los ríos Cinca y Cinqueta y, tras cruzar la carretera por un puente, terminaremos nuestro itinerario en el Mesón de Salinas.
Datos útiles
La salida en autobús para acudir a la excursión se ha programado a las 7.00 horas en la glorieta Joaquín Costa de Graus. El inicio de la caminata está previsto a las 8.45 y se prolongara durante unas cinco horas y media, sin contar paradas. El precio es de 14 € para los socios del CER y de 17 € para los no socios. Los no federados deberán abonar 2,5 € en concepto de seguro de excursión obligatorio. La comida en el Mesón de Salinas tiene un precio de 15€.
Las inscripciones pueden realizarse a través del correo electrónico centro.excursionista.ribagorza@hotmail.com, o de los teléfonos 696 86 73 42 (Carlos) y 667 20 97 74 (Ana).

Carlos Bravo Suárez
Presidente del Centro Excursionista Ribagorza

(Artículo publicado hoy en el suplemento "Aragón, un país de montañas", de Heraldo de Aragón)

Fotos: Entrando en Serveto; bajando del plan de Sebillún a Salinas; vista de Gistaín desde el camino; Sin, Señés y Serveto, los tres pueblos de la Comuna, desde el plan de Sebillún; camino de Gistaín a Sin; vista de Sin desde el plan de Sebillún, Sin y el camino de subida al plan de Sebillún.   


domingo, 30 de octubre de 2016

EL SILENCIO DE LA CIUDAD BLANCA

El silencio de la ciudad blanca”. Eva García Sáenz de Urturi. Planeta. 2016. 480 páginas.

Siguiendo la estela de las novelas de la “Trilogía del Baztán”, de Dolores Redondo, o de “Puerto escondido”, de María Oruña, que combinan con acierto y eficacia una intrigante trama policiaca con una minuciosa y precisa ambientación geográfica en Navarra y Cantabria respectivamente, la escritora alavesa Eva García Sáenz de Urturi ha conseguido otro enorme éxito literario con “El silencio de la ciudad blanca”, un logrado trhiller sobre unos asesinatos en serie ocurridos en diferentes lugares históricos de la ciudad de Vitoria, donde la capital alavesa adquiere un protagonismo tan importante como el de quienes investigan o son sospechosos de esos espantosos crímenes.

Eva García Sáenz de Urturi, nacida en Vitoria en 1972, vive desde los quince años en Alicante y es diplomada en Óptica y Optometría, materia en la que ha trabajado en varias empresas y en la universidad alicantina. Es autora de “La saga de los longevos” (La esfera de los libros, 2012), que se convirtió en un inesperado fenómeno literario y obtuvo, en su traducción al inglés, un considerable éxito en Reino Unido, Estados Unidos y Australia. Más tarde publicó la novela histórica “Pasaje a Tahití” (Espasa, 2014), que pasó más desapercibida. Con “El silencio de la ciudad blanca”, la escritora alavesa se ha colocado durante meses en los primeros puestos de los libros más vendidos en nuestro país.

“El silencio de la ciudad blanca” es una novela que engancha desde el primer momento y que se lee con enorme interés de principio a fin. La intriga está muy conseguida y bien dosificada, los giros inesperados son continuos y diversas las líneas de investigación, con distintos sospechosos que pronto dejan de serlo y que convierten la lectura en un ejercicio absorbente e intenso. En el mes de agosto, durante las fiestas de la Virgen Blanca, se cometen en Vitoria varios asesinatos dobles cuyas víctimas aparecen en lugares emblemáticos de la arquitectura y la historia locales. Se trata en todos los casos de dos víctimas de distinto sexo y de la misma edad, siempre terminada en cero o en cinco, con la misma posición de los cuerpos muertos, que parecen acariciarse las mejillas, y todas ellas con algún apellido compuesto, del tipo del segundo de la autora del libro. Estos nuevos crímenes parecen ser prolongación de otra serie idéntica que se cometió veinte años antes en la ciudad y coinciden con la salida de la cárcel, con unos días de permiso, del supuesto autor de aquellos siniestros asesinatos: Tasio Ortiz de Zárate, que fue detenido por su hermano gemelo Ignacio, entonces policía al frente de la investigación. Parece obvio que Tasio no ha podido cometer estos nuevos crímenes, aunque muchos creen que ha podido instigarlos o dirigirlos desde la cárcel.

La novela está contada en primera persona por Unai López de Ayala, uno de los policías encargados del caso. Un personaje atormentado por la pérdida de su mujer embarazada en un accidente de circulación. Importante papel tienen también en el relato su compañera Estíbaliz, con quien comparte investigación, y su jefa Alba, con la que mantendrá una relación intensa, complicada y ambigua. Los tres personajes, así como el abuelo y, en menor medida, el cuñado de Unai, además de los hermanos Ortiz de Zárate y varios sospechosos de los asesinatos, están bastante logrados y aportan solidez narrativa a la compleja trama del libro.

Aunque la mayor parte de la novela transcurre en el presente y se centra en la investigación de los crímenes cometidos, se narra paralelamente otra interesante historia del pasado, ambientada en los años setenta, que confluirá finalmente con la historia principal contribuyendo a entender su desenlace. La novela crea así una intriga enrevesada, un puzzle con numerosas piezas y muchos personajes, un engranaje complicado y bien construido que mantiene al lector en vilo hasta el último momento.

Protagonista principal de la narración es la ciudad de Vitoria y varios emplazamientos de la provincia de Álava, con alguna escapada mínima a Pamplona o San Sebastián. Las víctima aparecen en distintos lugares de la capital alavesa, siguiendo un orden histórico-cronológico en los edificios en que se descubren los muertos, desde la prehistoria al siglo XIX, pasando por construcciones medievales y renacentistas de la ciudad.

Escrita en una prosa sencilla, fácil y fluida, con un repartido equilibrio entre narración y diálogos, “El silencio de la ciudad blanca” es una novela efectista cuya lectura resultará apasionante sin duda para un buen número de lectores.

Carlos Bravo Suárez


domingo, 16 de octubre de 2016

LA MUJER DE LA LIBRETA ROJA


“La mujer de la libreta roja” es la primera novela de Antoine Laurian publicada en España. Laurian es un escritor francés, nacido a principios de los años sesenta, que ha publicado seis novelas en su país. La más destacada es “Le chapeau de Mitterrand”, editada en 2012, que obtuvo un gran éxito de ventas y recibió varios importantes premios en el país vecino. En 2014, publicó “La mujer de la libreta roja”, también muy vendida en Francia y editada aquí recientemente por Salamandra, con traducción al español de Palmira Feixas Guillamet. Laurian acaba de publicar “Rhapsodie française”, no editada por el momento en nuestro país.

“La mujer de la libreta roja” es una breve novela urbana. Una entretenida, ingeniosa y divertida narración con una equilibrada y poco convencional mezcla de fina trama romántica y emocionante intriga detectivesca. Una historia ligera, inteligente, amena y refrescante que, aunque a veces parece bordear ambas cosas, no cae en ningún momento en la cursilería ni el sentimentalismo superfluo. Escrita con una prosa elegante, clara y sencilla, directa y sin apenas diálogos, está dotada de una interesante estructura literaria de ida y vuelta y es un ejemplo de novela ligera que, sin ser ni mucho menos una obra maestra, rebosa calidad, sutileza y buen gusto y está dirigida a un amplio público lector.

Al volver por la noche a su casa, una mujer, cotizada restauradora de arte especializada en marcos dorados, sufre el robo de su bolso por parte de un ladrón desconocido. Como consecuencia de los golpes recibidos en el forcejeo, al día siguiente tiene que ingresar en un hospital en el que se va recuperando de una pasajera falta de memoria. Mientras tanto, un antiguo banquero que, separado, con una hija adolescente y harto de su vida pasada, ha puesto en marcha una pequeña librería en el centro de París, encuentra el bolso robado sobre un contenedor de basura próximo a su establecimiento. Ante el poco caso que la policía hace a su intento de denuncia, decide llevarse el bolso a su casa. Buscando infructuosamente la identidad de su dueña, extrae de su interior diversos objetos femeninos entre los que se encuentra una pequeña libreta roja con una serie de anotaciones, pensamientos y recuerdos personales que no puede evitar leer. Tras conseguir finalmente, y de manera algo rocambolesca, averiguar la identidad y la dirección de la propietaria, lleva el bolso a su domicilio, donde se lo entrega a un amigo de la mujer que se encuentra en ese momento en la casa. Aunque su impetuosa hija lo espolea para que vuelva a buscarla, el librero decide abandonar el asunto pese a que la desconocida mujer se ha ido apoderando cada vez más de su pensamiento. Cuando ya recuperada salga del hospital, será ella la que intente seguir la pista del hombre que devolvió su bolso, aunque no sepa muy bien adónde dirigirse.

La novela transcurre íntegramente en París, ciudad de la que se cita un buen número de calles, plazas, cafés y librerías, y contiene numerosas referencias literarias. La más interesante y original es la de Patrick Modiano: el escritor parisino (Premio Nobel de Literatura en 2014) realiza en el relato lo que, si este fuera una película, llamaríamos, aunque sea redundante, un fugaz cameo. Los dos personajes principales son inteligentes, cultos y refinados; representantes de una clase media parisina ilustrada y urbana. También lo es, de manera más atrevida y vehemente, la extrovertida hija del librero, capaz de hacer pasar a su padre por un ligue para dar envidia a sus amigas.

Aunque, como ya se ha dicho, alejada por completo de la narrativa rosa, “La mujer de la libreta roja” es, en buena medida, una novela romántica. El amor surge aquí de imaginar al otro sin conocerlo, de reconstruir su personalidad a través de algunos objetos y de pequeños rastros, con esa nostalgia de lo posible de la que habla Pessoa. Un juego de espejos, de casualidades y azares, de deseos interiores y miedo a la decepción, de intercambio de papeles, de líneas de trayectoria invertida, que se acercan y se alejan y parece, como bien podría haber sucedido, que nunca vayan a encontrarse.

En resumen, una novela sutil, agradable y bien construida, con una sorprendente mezcla de sencillez y sofisticación, carente tal vez de otras pretensiones que las de entretener y divertir, que se lee en un momento y deja en el lector un buen sabor de boca. Y un autor al que habrá que estar atentos, por si alguna más de sus novelas, como sería deseable, se traduce pronto a nuestro idioma.

La mujer de la libreta roja”. Antoine Laurian. Salamandra. 2016. 160 páginas.

Carlos Bravo Suárez