jueves, 23 de febrero de 2017

DE TRONCEDO A RAÑÍN POR CAMPANUÉ Y PALLARUELO




















Por segunda semana consecutiva, el Centro Excursionista Ribagorza (CER) realizó el pasado domingo una excursión por tierras del Sobrarbe. En este caso, por la zona más oriental del municipio de La Fueva, en los límites con la comarca de Ribagorza.

Fuimos veintiuna las personas que nos dimos cita en Graus a las siete de la mañana para dirigirnos, por la carretera de Panillo, en autobús hacia Troncedo (1.008 m.). Un poco antes de llegar a este bonito pueblo, justo en la pista señalizada a la derecha que lleva a Caballera, iniciamos nuestra caminata a las 7.45 horas. Siempre por la pista, al cabo de una media hora llegamos a una bifurcación. Dejamos a la derecha el camino a Caballera y tomamos el de la izquierda, siguiendo siempre las marcas blancas y amarillas del PR-HU190. Transcurrida aproximadamente una hora desde la salida, alcanzamos La Torre, uno de los despoblados del disperso y extenso municipio de Pallaruelo, integrado actualmente en La Fueva. Constaba Pallaruelo de siete núcleos, hoy todos deshabitados: La Villa, La Torre, Solanilla, Cotón, Lenero, La Ixantigosa y Rolespé.

Junto al caserío de La Torre, a la izquierda del camino, hicimos una breve parada para reagruparnos. Dejamos a nuestra izquierda el indicador del sendero (al que luego volveríamos) que lleva a La Villa, Solanilla y Rañín y continuamos, siempre por pista, en progresiva subida, en dirección a la cima de la sierra de Campanué. El camino transcurre por bosque de pinos con aliagas, bojes y algunos quejigos y, a medida que avanzábamos, ofrecía más amplias vistas de las vertientes sobrarbense y ribagorzana. En la primera, veíamos el valle de La Fueva y algunos de sus pueblos, enmarcado entre el redondeado tozal de Palo al sur, la sierra coronada por Muro de Roda al este y la Peña Montañesa y Cotiella por el norte. En la zona oriental, y ya en el lado ribagorzano, el Turbón, envuelto en una ligera neblina, y algunos pueblecitos del valle de Bardají. Tras un último tramo de empinada subida, a las 10.45 horas, llegamos a la cima de Campanué, situada, según reza un pequeño indicador de madera, a 1549 m. de altitud.

En Campanué, hicimos una larga parada para reponer fuerzas comiendo algo y para disfrutar de las magníficas vistas desde lo alto. Tras hacernos un par de fotos de grupo, iniciamos la bajada retornando por el mismo camino hasta La Torre (1.165 m.), donde tomamos el sendero (también PR-HU190) que lleva a Rañín, pasando antes por La Villa y Solanilla. De La Torre a La Villa hay un kilómetro y medio y se llega cruzando el barranco de Piomoro. La Villa era el núcleo principal de Pallaruelo. Allí quedan la iglesia, el cementerio y, en lo más alto de un cerro, los exiguos restos del castillo de lo que fue una antigua baronía. Hasta ellos subimos para disfrutar de hermosas vistas de La Fueva. El peligroso estado de ruina de su caserío, y en particular de su iglesia, desaconsejó adentrarse con el grupo hasta ella para evitar el riesgo de posibles desprendimientos.

Otro kilómetro y medio separa La Villa (1.085 m.) de Solanilla (1.140 m.), despoblado de tres casas con una vieja ermita emboscada y en ruinas. Tras cruzar el barranco de la Villa, la subida a Solanilla transcurre por un bonito camino de herradura con restos de paredes de piedras a los lados. Dejamos Solanilla a la derecha y continuamos camino hasta el Collado de la Sierra, situado a 1.155 m. de altitud y desde donde divisamos ya claramente Rañín, punto final de nuestro recorrido. Hasta allí descendimos por una corta y pronunciada bajada, casi toda entre húmedo bosque de pinos. A las 14.45 horas llegamos al autobús que nos esperaba a las afueras del pueblo. Habían sido 23 km de recorrido en siete horas de caminata con paradas.

Carlos Bravo Suárez 

Fotos: Grupo en la cima de Campanué, escultura cerca de Troncedo, La Torre (dos fotos), en la cima de Campanué (dos fotos), La Villa de Pallaruelo (cinco fotos), cruzando el barranco de La Villa, en el camino de La Villa a Solanilla, Solanilla, bajando del Collado de la Sierra, Rañín, mapa y perfil de la excursión.

Artículo publicado en Diario del Alto Aragón 
 

domingo, 19 de febrero de 2017

MADRID: FRONTERA


Tras la sorprendente, diferente y magnífica “Te quiero porque me das de comer” (Alrevés, 2014), que reseñamos aquí hace aproximadamente un par de años, esperábamos con interés la nueva novela de David Llorente (Madrid, 1973). Y, en buena medida, el escritor madrileño ha respondido a la expectación generada con la reciente publicación de “Madrid: frontera”, otra novela original e innovadora con la que logra de nuevo sorprender al lector.

Además de las dos citadas, David Llorente, afincado en Praga donde trabaja como profesor de Lengua y Literatura españolas, es autor de otras cuatro novelas anteriores -”Kira (1998), “El bufón” (2000), “Ofrezco morir en Praga” (2008) y “De la mano del hermano muerto” (2011)- y de un buen número de obras de teatro, algunas de las cuales están recopiladas en el libro “Los árboles dormidos” (2009).

No es fácil clasificar “Madrid: frontera”, aunque pueda considerarse con bastante precisión como una novela negra y social. Así lo certifica el propio autor, al que en algún lugar he leído confirmar la primera etiqueta, menos evidente que la segunda, con el irónico argumento de que sólo habría que preguntar de qué color ve la vida la mayor parte de los personajes de su novela. Al margen de esa consideración, son obvios desde su inicio el contenido y la intención sociales de la narración y es, en el giro que toma en su segunda parte, cuando tal vez acentúa su condición de relato de género negro en su acepción más convencional, pese a que la novela tenga bien poco que ver con este último adjetivo.

“Madrid: frontera” es una distopía, entendida esta, en la definición de la RAE, como una “representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana”. Aunque es cierto que en la novela esta distopía nace de la acentuación casi extrema de tendencias que se observan ya con claridad en la sociedad actual. El libro está ambientado en un Madrid futuro en el que la gran mayoría de sus habitantes vive en la pobreza más absoluta, durmiendo en la calle protegidos por cartones y comiendo de lo que hurgan en la basura, de ahí que sean conocidos como los “comebasura”. Un Madrid en el que siempre llueve y que tiene mar y puerto deportivo, un mar de aguas negras como la tinta en el que habitan sirenas cuyo canto -como en “La Odisea”- invita a sumergirse en sus aguas y abandonarlo todo. Un Madrid sin clase media, con una mayoría de empobrecidos a la intemperie y unos pocos ricos y poderosos con todos los privilegios. Con una policía implacable y brutal, dirigida desde un edifico llamado El Cubo, y con una Universidad de la que se han suprimido las carreras de Letras (Filosofía, Literatura, Latín, Música o Historia del Arte) porque “no está muy claro que se pueda hacer dinero con semejantes conocimientos”. Además, en la plaza Castilla -en una clara referencia literaria a la novela “Farenhait 451”- hay un permanente crematorio de libros cuya columna de humo se eleva sobre la ciudad. Sólo unos pocos “no-gobernables” resisten a duras penas y luchan por cambiar la situación. Uno de ellos será el principal personaje de la novela.

La estructura narrativa de “Madrid: frontera” es también inusual e innovadora. Se utiliza la segunda persona del singular de un narrador que habla directamente con el protagonista y, a veces, ambos dialogan a través de preguntas y respuestas casi siempre breves. [“Te llamas Igi W, Manchester. Tienes treinta años y tu vida es un interminable día de lluvia. Es algo que no debes olvidar jamás. La pérdida de identidad (no saber quién eres) es la madre de todas las desgracias. ¿Entiendes?”]. La novela esta dividida en capítulos cortos cuyo título es un nombre propio. Las frases son también cortas y la sintaxis sencilla. El relato está desnudo, sin referencias temporales ni transiciones, sin descripciones ni nada que distraiga ni pueda resultar superfluo o prescindible. Y cuando la novela, por repetición, parece rozar el aburrimiento, un giro narrativo encarrila el final con nuevos bríos y acelera su ritmo avivando el interés del lector.

“Madrid: frontera” parte de una realidad ya existente para crear una historia futura en la que se confirman y se llevan al extremo las peores tendencias que apuntan en la sociedad actual. Esperemos, por el bien de todos, que en el futuro no se confirmen esos negros y pesimistas presagios.

Madrid: frontera”. David Llorente. Editorial Alrevés. 2016. 216 páginas.

Carlos Bravo Suárez

jueves, 16 de febrero de 2017

DE ESCALONA A SAN VICENTE DE LABUERDA POR MURO DE BELLÓS Y MORILLO DE SAMPIETRO























El Centro Excursionista Ribagorza pudo realizar el pasado domingo la excursión por el Sobrarbe que el mal tiempo había obligado a suspender el fin de semana anterior. Aunque de nuevo el pronóstico meteorológico era algo incierto, treinta participantes nos dimos cita para recorrer andando el itinerario que va desde Escalona a San Vicente de Labuerda, pasando por Muro de Bellós y Morillo de Sampietro y combinando tramos del PRHU-40 y el PRHU-185. La jornada transcurrió con cielos siempre cubiertos, pero sin lluvia y con una temperatura ideal para la práctica del senderismo.

A las siete de la mañana salimos de Graus en autobús en dirección a Escalona, adonde llegamos poco después de las ocho. En Escalona (610 m.), tomamos el PRHU-40 que, cortando varias veces una pista recientemente asfaltada, nos dejó en una hora de subida en Muro de Bellós, precioso despoblado a 960 m. de altitud y magnífica atalaya sobre el valle del Cinca con inmejorables vistas de la Peña Montañesa, la Peña Solano y la Punta Llerga con sus cimas ahora cubiertas de nieve. Hicimos una parada para reponer fuerzas y nos detuvimos en una borda de las afueras que se está acondicionando para hacer las veces de vivienda en la película “Bajo la piel del lobo”, cuyo rodaje está a punto de iniciarse.

Desde Muro de Bellós, el camino asciende en dirección al oeste para, tras pasar por un corto tramo arcilloso, llegar a un collado donde confluyen el PR-HU40, que lleva a San Vicente de Labuerda por el camino más corto, y el PRHU185, que va a Morillo de Sampietro y permite también, dando un mayor rodeo, dirigirse después a San Vicente. Nosotros elegimos esta segunda opción y nos adentramos en un bonito sendero que transcurre en un continuo sube-baja por un húmedo y frondoso bosque de pinos, bojes y preciosos ejemplares de carrasca. Desde el camino, disfrutamos de magníficas vistas de la sierra de Sestrales, el Castillo Mayor y, más al norte, las Tres Sorores y las Tres Marías. Después de pasar por el Portillo de los Valles, situado a poco más de 1300 m. de altitud, el sendero desemboca en una pista que hay que seguir hasta alcanzar un cruce de caminos que por nuestra izquierda nos lleva a San Vicente de Labuerda y por la derecha a Morillo de Sampietro. Tomada esta última opción, seguimos un corto tramo de pista para desviarnos a nuestra derecha por un sendero señalizado que, en alrededor de media hora de bajada, desemboca en Morillo de Sampietro. Esta localidad, situada a 970 m. de altitud, ha recuperado algunas de sus viviendas y cuenta hoy al menos con un habitante, que nos hizo una foto de grupo delante de la magnífica iglesia románica de San Lorenzo, con interesantes restos de pinturas en su interior.

Desde Morillo de Sampietro desanduvimos, ahora en ascenso, el camino hasta el citado cruce y, tras una ligera subida, iniciamos el camino de bajada hasta San Vicente de Labuerda, donde nos esperaba el autobús. Antes de llegar a él, pasamos por la extraordinaria Abadía de San Vicente, una de las construcciones religiosas más destacadas de la comarca del Sobrarbe. En la misma localidad, destaca también la torre defensiva de Casa Buil, con una bonita ventana geminada.

En San Vicente (780 m.), terminó nuestro recorrido andando. Habían sido casi 16 km en poco más de seis horas de caminata, contando las paradas. El desnivel acumulado de subida fue de casi 1300 m. y el de bajada de algo más de 1.100 m. El autobús nos bajó hasta Labuerda donde, en un restaurante de la localidad, disfrutamos de una estupenda comida con la que nos repusimos con creces del esfuerzo realizado.

Carlos Bravo Suárez

Fotos: Grupo en la iglesia de Morillo de Sampietro, Peña Montañesa, Peña Solano y Punta Llerga desde el camino de Escalona a Muro de Bellós, Muro de Bellós ( cinco fotos), bosque, Morillo de Sampietro (tres fotos), Abadía de San Vicente de Labuerda (seis fotos), San Vicente de Labuerda con Peña Montañesa al fondo y Casa Buil (dos fotos)

Artículo publicado en Diario del Alto Aragón (167272017) 

domingo, 5 de febrero de 2017

EL HOMBRE DE LAS DOS PATRIAS


Javier Reverte sigue las huellas del escritor franco-argelino Albert Camus en Orán y Argel.

Es sabido que los viajes y la literatura son las dos grandes pasiones de Javier Reverte (Madrid, 1944). Hemos reseñado aquí unos cuantos libros suyos. El último, hace unos meses, “Un verano chino”, sobre su viaje por aquel gran país de oriente. En algún título anterior, como “El río de la vida: Un viaje por Alaska y Canadá”, el escritor madrileño seguía en cierto modo las huellas del gran escritor Jack London y los febriles buscadores de oro del siglo XIX por el curso del río Yukon. En “El hombre de las dos patrias”, Reverte viaja a Argelia tras los pasos de Albert Camus (Argelia, 1913 – Francia, 1960).

“Albert Camus fue uno de los escritores del siglo XX que más me emocionaron y yo creo que le debía un pequeño homenaje. Así que un día de invierno, cuando iban a cumplirse los cien años de su nacimiento, decidí buscar sus huellas en Orán y en Argel, las ciudades donde situó las tres grandes obras de las que, fundamentalmente, habla este libro: 'El extranjero', 'La peste' y 'El primer hombre'. Camus era un francés, con unas gotas de sangre española, nacido en territorio argelino, un pied-noir. De modo que este es un trabajo sobre un hombre que nació entre dos patrias, que alentó dos almas, que vivió, pensó y escribió contracorriente”. Así explica su autor la génesis y el título de un libro que, como siempre ocurre en él, aúna las descripciones y vivencias del viajero con las abundantes y precisas referencias históricas y literarias, en este caso centradas en el malogrado escritor franco-argelino, víctima de un accidente de circulación en 1960, tres años después de haber recibido el Premio Nobel de Literatura con tan sólo 44 años de edad.

Reverte visita la playa de Orán donde se produce el asesinato con que se inicia “El extranjero” (“¿Quién impulsó a Mersault a matar? Tal vez tan solo el sol”), los lugares, de Orán y de Argel, en los que vivió el escritor sus primeros años de vida, los colegios e institutos en los que estudió y donde uno de sus profesores fue el señor Germain, para quien tuvo un emotivo recuerdo en su discurso de recepción del Premio Nobel en 1957. Es cierto que Reverte comprueba el poco afecto que los actuales argelinos sienten por Camus, que ni siquiera tiene una placa en el instituto de Argel donde estudió con su querido y recordado maestro. La causa de este olvido la explica con claridad uno de los interlocutores del escritor madrileño: “Para él, los árabes, como nos llamaba en sus libros, no existíamos. Y en consecuencia, él no existe para nosotros”. Reverte responde así a esta cuestión: “Camus era un pied-noir de segunda generación y creció en un barrio proletario de Argel habitado mayoritariamente por pied-noirs: el barrio de Belcourt. Nunca hizo amistades, que se sepa, con los 'indígenas'. Y en todos sus libros, tan solo aparece el nombre de un 'árabe', como los llama siempre. Extraño en un hombre que nunca fue racista y siempre se manifestó como un escritor solidario”. Un escritor, por otro lado, que siempre consideró el totalitarismo como una terrible enfermedad, una verdadera epidemia.

Pero no solo aparece el recuerdo de Camus en este libro, también el de Cervantes y su cautiverio en la Argel capital de piratas barberiscos en el siglo XVI, la huella aún en parte reconocible de los españoles en Orán y la reciente historia de Argelia: la ocupación francesa en el XIX, la relación entre los pied-noirs (así llamados porque calzaban zapatos y no babuchas o alpargatas) y los nativos, la rebelión y la independencia de Francia, la dictadura socialista totalitaria del FLN, la victoria de los fundamentalistas musulmanes en 1991, el golpe de estado y el terrorismo islamista de hace pocas décadas... Y la extraordinaria belleza mediterránea de Argel que seduce al viajero, que se atreve a adentrarse por su laberíntica y peligrosa casbah y sale de ella indemne y sorprendido.

En “El hombre de las dos patrias”, Javier Reverte nos obsequia con un libro breve pero vigoroso que, además de un viaje por las ciudades de Orán y Argel, constituye una aproximación y un sentido homenaje al escritor franco-argelino Albert Camus, una de la figuras más destacadas e intelectualmente más libres y honestas del pasado siglo XX.

El hombre de las dos patrias”. Javier Reverte. Ediciones B. 2016. 176 páginas.

Carlos Bravo Suárez


jueves, 26 de enero de 2017

HASTA EL FORAU DE AIGUALLUTS CON RAQUETAS DE NIEVE


























Tras las últimas e intensas nevadas en el valle de Benasque, y después de que el jueves quedara abierta la carretera de acceso a Llanos del Hospital, el Centro Excursionista Ribagorza decidió mantener la excursión de raquetas programada en su calendario oficial para el pasado domingo. A pesar de que el incierto pronóstico del tiempo retrajo a algunos participantes habituales, una veintena de personas salimos de Graus a las siete de la mañana para trasladarnos en autobús hasta el Hospital de Benasque, adonde llegamos poco antes de las nueve. Era nuestra intención realizar una vez más la clásica excursión con raquetas de nieve desde Llanos del Hospital hasta el Forau de Aigualluts, pasando por La Besurta.

Acababa de empezar a nevar cuando llegamos al Hospital de Benasque, lo que hizo que varios de nuestros compañeros decidieran quedarse en la cafetería de este confortable establecimiento hotelero. Sin embargo, viendo que la nevada era ligera, y confiados en los pronósticos meteorológicos que auguraban una mejoría del tiempo a lo largo de la mañana, catorce de los inscritos decidimos calzarnos las raquetas e iniciar la excursión, dispuestos a disfrutar, pese a todo, de la cantidad y calidad de la nieve caída recientemente.

Desde el Hospital, situado a unos 1750 m. de altitud, seguimos un breve trecho por la orilla del río Ésera para girar a la derecha, cruzar de nuevo el río por un puente de madera e iniciar la subida hacia el bosque de pinos por el que transita la ruta balizada para raquetas. Con poco viento y una temperatura no demasiado fría, atravesamos esta zona boscosa hasta alcanzar el Plan de Están que, absolutamente cubierto por la nieve, pudimos atravesar por su centro sin ningún problema. Tras una corta subida, llegamos a La Besurta (1920 m.), bajo cuyo cubierto de madera hicimos una parada para comer algo y reponer fuerzas. Había dejado de nevar y el tiempo mejoraba, por lo que decidimos continuar nuestro recorrido hasta el Forau de Aigualluts, siguiendo la escasa huella existente. Dejamos a nuestra derecha el desvío a La Renclusa y abordamos por nuestra izquierda una zona en ascenso que nos llevó al llano previo al Forau, con la inconfundible y puntiaguda Tuca de Aigualluts como magnífico telón de fondo. Siempre por el centro del valle, alejándonos por precaución de las laderas, antes de las 12 horas, llegamos al Forau (2.074 m.), donde, como es sabido, el agua procedente del glaciar del Aneto y otros torrentes y barrancos, que un poco más arriba se precipita en una bella y estruendosa cascada, se filtra misteriosamente para, en un curioso fenómeno geológico, reaparecer algo más al norte, en la Artiga de Lin, ya en el Valle de Arán, y constituir en los llamados Güells de Joeu una de la fuentes del río Garona.

Tras descansar un rato, hacer una foto de grupo y ascender un poco por nuestra izquierda para intentar ver el Aneto, que se mostraba cubierto, repetimos el camino de retorno hasta La Besurta. Desde allí descendimos al Plan de Están y, ahora por la izquierda del valle, continuamos el regreso hasta el Hospital de Benasque, al que llegamos poco después de las 14 horas. Entre la ida y la vuelta habían sido 12 kilómetros de recorrido, en los que invertimos prácticamente cinco horas justas contando las paradas.

Después de devolver las raquetas de quienes las habían alquilado y tomar algo en la cafetería del hotel, regresamos a Graus contentos de haber inaugurado nuestra temporada oficial y haber disfrutado de una magnífica jornada deportiva en la nieve.


Carlos Bravo Suárez

Artículo publicado hoy en Diario del Alto Aragón.