domingo, 19 de marzo de 2017

QUÉ VERGÜENZA




Paulina Flores (1988) ha irrumpido brillantemente en el mundo literario con su magnífico libro de relatos “Qué vergüenza”. En 2014, la escritora chilena ganó el Premio Roberto Bolaño con el cuento que da título al libro, que obtuvo en su conjunto el galardón del Círculo de Críticos de Arte a la mejor autora novel. Publicado en Chile en 2015, la editorial Seix Barral, con acertado criterio, lo publicó en España a mediados del pasado año.

“Qué vergüenza” se compone de nueve relatos, todos más bien breves salvo el último que es algo más largo y podría ser considerado como una “nouvelle” o novela corta. Todos los cuentos están ambientados en diversos lugares de Chile y tienen un destacado fondo social, de crisis económica, diferencias de clase, situaciones de desamparo, lucha por la vida o repercusión directa de la economía en las relaciones familiares. Otra característica es la destacada presencia de personajes infantiles o juveniles, para cuya creación parece tener la autora una habilidad especial. En un rasgo más de realismo y verosimilitud, los textos recogen un lenguaje coloquial acorde con la condición de los personajes. No siempre es fácil para el lector entender ese vocabulario específicamente chileno. El contexto y la consulta al diccionario permiten saber, por ejemplo, que los “cuicos” son los pijos o esnobs de Chile, o que los “blocks” son los bloques de pisos pequeños de las ciudades. Relatos densos, crudos, tiernos, sinceros, complejos, intensos, directos, actuales, bien escritos y construidos. Paulina Flores no parece una principiante, sino una experimentada narradora de historias breves que logran captar con fuerza fragmentos de pura vida.

El primer relato, “Qué vergüenza”, da título al libro y tiene como protagonista a un padre cesante en paro que acompañado por sus dos pequeñas hijas se presenta a un casting en una sospechosa casona de Santiago. La hija mayor, que ve a su padre tan guapo como Luis Miguel, está segura del éxito de su progenitor. Sin embargo, como ocurre en casi todos los cuentos del libro, los acontecimientos dan un giro extraño e inesperado. “Teresa” cuenta una rápida y fugaz seducción y relación sexual entre un hombre y una mujer con la ambigua presencia de una niña de por medio. “Talcahuano”, uno de los relatos preferidos de la autora, narra los planes de un grupo de jóvenes que vive en una de las poblaciones más feas y pobres del país. Uno de los chicos tiene un padre exmilitar en paro cuya salud empeora cuando la pandilla prepara un robo de instrumentos musicales. “Olvidar a Freddy”, de reminiscencias cinematográficas, nos presenta a una deprimida mujer (“estoy tan triste que podría empezar un diario de vida”) en la bañera, donde, aunque quiere desaparecer con el agua, se queda allí como la piedra de un río seco. “Tía Nana” es un relato lleno de ternura, narrado por una niña que recuerda a su tía, una mujer cuya constante es “preocuparse por las vidas de todos menos de la  propia; entregarse a los otros y ser olvidada por los otros”. “Espíritu americano” cuenta el encuentro de dos antiguas amigas que de muy jóvenes trabajaron de meseras en un local de comida americana y la aclaración, muchos años después, de una chivatada que tuvo consecuencias laborales en la empresa. “Laika” es un ambiguo relato de iniciación sexual de una niña engañada con la excusa de ir a ver ovnis en la noche. En “Últimas vacaciones”, un niño pobre recuerda unas vacaciones estivales en la playa con su tía y sus primas ricas. Y “Afortunada de mí” cuenta, también a través de los ojos de una niña, las relaciones entre dos familias y los inesperados descubrimientos infantiles que suponen la pérdida definitiva de la inocencia de la protagonista.

La propia autora declara su admiración por Flannery O'Connor y es obvio que sus cuentos se incluyen en la mejor tradición de autores como Chéjov, McCullers o Munro. Y tienen similitudes con los de escritores de reciente éxito como la estadounidense Lucia Berlin o la argentina Mariana Enríquez.

Sorprenden la calidad, el manejo narrativo, la madurez de los contenidos y las técnicas de composición de esta obra de debut de Paulina Flores, que se pone el listón muy alto ya desde el punto de partida. Desde luego, tras este brillante inicio literario, habrá que estar atentos a las siguientes obras de la narradora chilena.

“Qué vergüenza”. Paulina Flores. Seix Barral. 2016. 216 páginas.

Carlos Bravo Suárez

jueves, 9 de marzo de 2017

EN EL CORAZÓN DE RIBAGORZA: DE RODA A OBARRA




















Siguiendo con el proyecto de colaboración iniciado el pasado año con la excursión de Capella a Roda de Isábena por el Camino del destierro del obispo San Ramón, y conectándolo con la recuperación de la antigua vía de unión entre Roda y Saint-Bertrand de Comminges y la recuperación del tramo del camino de Santiago que transitaba por el Valle de Arán y la Ribagorza, los clubes Montañeros de Aragón de Barbastro y Centro Excursionista Ribagorza de Graus realizaron el pasado domingo una excursión desde Roda de Isábena a Obarra, dos lugares fundamentales en la historia del viejo condado ribagorzano. Participaron también en la jornada varios miembros del Club Alpin Français de Tarbes y un representante de la Asociación de Amigos del Camino de Santiago de la Val d'Arán.

Los casi setenta participantes en la excursión llegamos a Roda de Isábena poco después de las ocho de la mañana en sendos autobuses procedentes de Barbastro y Graus. Tras una rápida visita al interior de la catedral, que el párroco Aurelio Ricou muy amablemente nos había abierto, y una foto de grupo en la escalinata del magnífico templo rotense, los excursionistas comenzamos nuestra caminata bajo unos ligeros copos de nieve matinales que enseguida iban a cesar. Desde Roda descendimos a La Puebla de Roda, por cuyo puente de origen medieval atravesamos el río Isábena y conectamos con el GR-18.1, que ya no íbamos a abandonar durante el resto del itinerario.

Siempre por la margen izquierda del río, sobre las 10.30 horas llegamos a Serraduy, en cuyo barrio del Pont hicimos una parada para el desayuno. Tras el breve receso, reanudamos el camino que ahora iniciaba un tramo de subida hacia las ruinas de Santa María de Fornons, situadas en un cerro en un bonito bosque de quejigos y carrascas. A cien metros del sendero se hallan los restos de lo que fue el antiguo poblado de Fornons, del que sólo quedan en pie los restos de la vieja iglesia románica de Santa María. Con las escarpadas paredes de la sierra de Sis delante de nosotros, iniciamos el descenso hacia la fuente de Caials, en dirección a Biascas de Obarra. Antes de llegar a esta pequeña localidad ribagorzana, el sendero transita por un terraplén de margas arcillosas que nuestro amigo Daniel Vallés, promotor principal de la excursión y del proyecto conjunto, había acondicionado perfectamente el día anterior tras los deslizamientos ocasionados por las recientes lluvias.

Desde Biascas de Obarra, en poco más de media hora, y tras pasar el barranco dels Esponals junto a unos chopos y un gran quejigo, llegamos a Pardinella, cuyo caserío, cada vez mejor restaurado, atravesamos. Desde allí continuamos camino hacia Beranuy, donde estaban esperando los autobuses a quienes decidieran terminar allí la excursión. La idea inicial era que el resto continuara hasta Obarra pasando antes por el despoblado Morens. Sin embargo, el barro, más presente en el último tramo del camino, y la necesidad de llegar a comer al restaurante de Serraduy donde nos esperaban, hizo que tomáramos la decisión, aceptada por todos, de dar por terminada la excursión en este punto. Dejando en la parte alta del pueblo la iglesia de Santa Eulalia con su preciosa torre medieval, descendimos por el caserío de Beranuy hasta atravesar el río Isábena por un espléndido puente románico y llegar hasta la carretera A-1605. Habíamos recorrido 16,6 km en seis horas de caminata con paradas. Ya en autobús, nos acercamos al monasterio de Obarra para realizar la visita obligada, hacernos algunas fotos y disfrutar de la belleza única del paraje.

Sobre las tres de la tarde, iniciamos nuestra comida de hermandad en un restaurante de Serraduy. Setenta comensales disfrutamos de un buen yantar restaurador y de una agradable convivencia. El próximo año seguiremos con nuestro proyecto conjunto con una etapa entre Obarra y Montanuy. En dirección al Valle de Arán y teniendo como futura meta la localidad francesa de Saint-Bertrand de Comminges.

Carlos Bravo Suárez

Fotos: Inicio en Roda, visita a la catedral, Roda, puente de La Puebla de Roda, junto al río Isábena, Serraduy, Fornons (dos fotos), frente a la sierra de Sis, terraplén, Biascas de Obarra, quejigo junto al barranco dels Esponals, Turbón y ermita de San Saturnino, Pardinella, camino a Beranuy, Beranuy (barranco, puente, pueblo e iglesia), Obarra ( puente, grupo, Santa María y conjunto) y mapa de la excursión.

Artículo publicado en Diario del Alto Aragón

domingo, 5 de marzo de 2017

REDENCIÓN

Tras la lectura hace un par de años de la magnífica “No hay cuervos”, que reseñamos en esta sección, esperaba con impaciencia la publicación en España de la nueva novela del escritor estadounidense John Hart (Durham, Carolina del Norte, 1965). Por eso, en cuanto pude, leí “Redención”, publicada también en nuestro país por la meritoria editorial Pàmies, con traducción del inglés de Cristina Alegría Gereñu. John Hart es un autor muy reconocido en Estados Unidos, el único que ha ganado por dos años consecutivos el prestigioso premio Edgar de novela negra. Tal vez no sea “Redención” una novela tan redonda como “No hay cuervos”, pero es, sin duda, una espléndida novela. Con todos los ingredientes, maestría y ritmo narrativo del mejor género negro.

“Redención” ocurre en Carolina del Norte, en una ciudad “con más de cien mil habitantes dentro de sus límites y el doble repartido por todo el condado”, con sus escandalosas diferencias de clases, una tasa de desempleo que duplica la media nacional y unos vicios, secretos y ambiciones inconfesables que se disimulan detrás de una falsa y aparente normalidad. El principal personaje de la novela es Elizabeth Black, una mujer policía, hija de un pastor protestante, que está siendo investigada por funcionarios policiales, acusada de haberse ensañado matando de 18 disparos a dos violadores negros que habían secuestrado a la joven Channing, hija de una rica familia de la ciudad. Otro policía, Adrian Wall, por quien Elizabeth siempre sintió antes gran admiración por su integridad profesional, acaba de salir de la cárcel, donde ha sufrido crueles vejaciones, tras trece años de condena por la supuesta muerte de una mujer casada con la que mantenía relaciones. Gideon es el hijo de la asesinada, un niño de 14 años que vive en un estado de abandono con su padre alcohólico en una zona marginal de la periferia urbana. Deseoso de vengar la muerte de su madre, Gideon espera la salida de Adrian de la cárcel para intentar matarlo con la vieja pistola que le ha robado a su padre. Elizabeth, inclinada a ello por su carácter y su tendencia a defender causas perdidas, está empeñada en proteger y redimir a Gideon y Channig, procedentes de estratos sociales antagónicos. Por si fuera poco, en una vieja iglesia abandonada en medio de un bosque del condado, aparecen nuevas mujeres asesinadas, de manera similar a como lo fue trece años atrás la madre de Gideon.

Aunque este argumento, todavía mucho más complejo de lo aquí esbozado, pueda hacer pensar lo contrario, no estamos para nada ante una novela truculenta y demasiado enrevesada. Aparecen muchos personajes y ocurren en ella muchas cosas, pero combina con acierto verosimilitud, un ritmo trepidante y una intriga sostenida hasta el final, sin caer en ningún momento en la sobrecarga o el exceso. El dolor, la amistad, la venganza, la ambición, la violencia, la irracionalidad y, por supuesto, la redención son algunos de los temas espléndidamente tratados en esta magnífica y recomendable novela, que atrapa y apasiona desde el principio y que, pese a sus cuatrocientas páginas, se lee con facilidad y entusiasmo.

Narrada en tercera persona por un narrador omnisciente -aunque con alternancia de protagonista en los distintos capítulos (más de treinta) que componen el relato-, se intercalan en cursiva fragmentos protagonizados por un personaje desconocido, conformando así una segunda historia en paralelo que contribuye a aumentar, si cabe, la intriga y el misterio de la novela. Como en “No hay cuervos”, John Hart construye de nuevo una extraordinaria arquitectura narrativa para contarnos una historia compleja, en la que nada se escapa y todo tiene su encaje en una perfecta estructura magistralmente diseñada.

Hay similitudes y paralelismos entre las novelas de John Hart (al menos en “No hay cuervos” y “Redención”) y las de otros escritores norteamericanos actuales. Se han destacado los ecos de autores como Dennis Lehane o Daniel Woodrell (del que hemos reseñado aquí “Los huesos del invierno” y “La muerte del pequeño Sug”), novelistas que muestran el lado más oscuro del sueño americano. Desde luego, John Hart merece ser mucho más conocido en nuestro país, porque sus novelas son de lo más destacado del género negro publicado por estos lares en los últimos años. Quedamos a la espera de su próximo libro.
 
Redención”. John Hart. Pàmies Editorial. 2016. 400 páginas. 

Carlos Bravo Suárez

jueves, 23 de febrero de 2017

DE TRONCEDO A RAÑÍN POR CAMPANUÉ Y PALLARUELO




















Por segunda semana consecutiva, el Centro Excursionista Ribagorza (CER) realizó el pasado domingo una excursión por tierras del Sobrarbe. En este caso, por la zona más oriental del municipio de La Fueva, en los límites con la comarca de Ribagorza.

Fuimos veintiuna las personas que nos dimos cita en Graus a las siete de la mañana para dirigirnos, por la carretera de Panillo, en autobús hacia Troncedo (1.008 m.). Un poco antes de llegar a este bonito pueblo, justo en la pista señalizada a la derecha que lleva a Caballera, iniciamos nuestra caminata a las 7.45 horas. Siempre por la pista, al cabo de una media hora llegamos a una bifurcación. Dejamos a la derecha el camino a Caballera y tomamos el de la izquierda, siguiendo siempre las marcas blancas y amarillas del PR-HU190. Transcurrida aproximadamente una hora desde la salida, alcanzamos La Torre, uno de los despoblados del disperso y extenso municipio de Pallaruelo, integrado actualmente en La Fueva. Constaba Pallaruelo de siete núcleos, hoy todos deshabitados: La Villa, La Torre, Solanilla, Cotón, Lenero, La Ixantigosa y Rolespé.

Junto al caserío de La Torre, a la izquierda del camino, hicimos una breve parada para reagruparnos. Dejamos a nuestra izquierda el indicador del sendero (al que luego volveríamos) que lleva a La Villa, Solanilla y Rañín y continuamos, siempre por pista, en progresiva subida, en dirección a la cima de la sierra de Campanué. El camino transcurre por bosque de pinos con aliagas, bojes y algunos quejigos y, a medida que avanzábamos, ofrecía más amplias vistas de las vertientes sobrarbense y ribagorzana. En la primera, veíamos el valle de La Fueva y algunos de sus pueblos, enmarcado entre el redondeado tozal de Palo al sur, la sierra coronada por Muro de Roda al este y la Peña Montañesa y Cotiella por el norte. En la zona oriental, y ya en el lado ribagorzano, el Turbón, envuelto en una ligera neblina, y algunos pueblecitos del valle de Bardají. Tras un último tramo de empinada subida, a las 10.45 horas, llegamos a la cima de Campanué, situada, según reza un pequeño indicador de madera, a 1549 m. de altitud.

En Campanué, hicimos una larga parada para reponer fuerzas comiendo algo y para disfrutar de las magníficas vistas desde lo alto. Tras hacernos un par de fotos de grupo, iniciamos la bajada retornando por el mismo camino hasta La Torre (1.165 m.), donde tomamos el sendero (también PR-HU190) que lleva a Rañín, pasando antes por La Villa y Solanilla. De La Torre a La Villa hay un kilómetro y medio y se llega cruzando el barranco de Piomoro. La Villa era el núcleo principal de Pallaruelo. Allí quedan la iglesia, el cementerio y, en lo más alto de un cerro, los exiguos restos del castillo de lo que fue una antigua baronía. Hasta ellos subimos para disfrutar de hermosas vistas de La Fueva. El peligroso estado de ruina de su caserío, y en particular de su iglesia, desaconsejó adentrarse con el grupo hasta ella para evitar el riesgo de posibles desprendimientos.

Otro kilómetro y medio separa La Villa (1.085 m.) de Solanilla (1.140 m.), despoblado de tres casas con una vieja ermita emboscada y en ruinas. Tras cruzar el barranco de la Villa, la subida a Solanilla transcurre por un bonito camino de herradura con restos de paredes de piedras a los lados. Dejamos Solanilla a la derecha y continuamos camino hasta el Collado de la Sierra, situado a 1.155 m. de altitud y desde donde divisamos ya claramente Rañín, punto final de nuestro recorrido. Hasta allí descendimos por una corta y pronunciada bajada, casi toda entre húmedo bosque de pinos. A las 14.45 horas llegamos al autobús que nos esperaba a las afueras del pueblo. Habían sido 23 km de recorrido en siete horas de caminata con paradas.

Carlos Bravo Suárez 

Fotos: Grupo en la cima de Campanué, escultura cerca de Troncedo, La Torre (dos fotos), en la cima de Campanué (dos fotos), La Villa de Pallaruelo (cinco fotos), cruzando el barranco de La Villa, en el camino de La Villa a Solanilla, Solanilla, bajando del Collado de la Sierra, Rañín, mapa y perfil de la excursión.

Artículo publicado en Diario del Alto Aragón 
 

domingo, 19 de febrero de 2017

MADRID: FRONTERA


Tras la sorprendente, diferente y magnífica “Te quiero porque me das de comer” (Alrevés, 2014), que reseñamos aquí hace aproximadamente un par de años, esperábamos con interés la nueva novela de David Llorente (Madrid, 1973). Y, en buena medida, el escritor madrileño ha respondido a la expectación generada con la reciente publicación de “Madrid: frontera”, otra novela original e innovadora con la que logra de nuevo sorprender al lector.

Además de las dos citadas, David Llorente, afincado en Praga donde trabaja como profesor de Lengua y Literatura españolas, es autor de otras cuatro novelas anteriores -”Kira (1998), “El bufón” (2000), “Ofrezco morir en Praga” (2008) y “De la mano del hermano muerto” (2011)- y de un buen número de obras de teatro, algunas de las cuales están recopiladas en el libro “Los árboles dormidos” (2009).

No es fácil clasificar “Madrid: frontera”, aunque pueda considerarse con bastante precisión como una novela negra y social. Así lo certifica el propio autor, al que en algún lugar he leído confirmar la primera etiqueta, menos evidente que la segunda, con el irónico argumento de que sólo habría que preguntar de qué color ve la vida la mayor parte de los personajes de su novela. Al margen de esa consideración, son obvios desde su inicio el contenido y la intención sociales de la narración y es, en el giro que toma en su segunda parte, cuando tal vez acentúa su condición de relato de género negro en su acepción más convencional, pese a que la novela tenga bien poco que ver con este último adjetivo.

“Madrid: frontera” es una distopía, entendida esta, en la definición de la RAE, como una “representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana”. Aunque es cierto que en la novela esta distopía nace de la acentuación casi extrema de tendencias que se observan ya con claridad en la sociedad actual. El libro está ambientado en un Madrid futuro en el que la gran mayoría de sus habitantes vive en la pobreza más absoluta, durmiendo en la calle protegidos por cartones y comiendo de lo que hurgan en la basura, de ahí que sean conocidos como los “comebasura”. Un Madrid en el que siempre llueve y que tiene mar y puerto deportivo, un mar de aguas negras como la tinta en el que habitan sirenas cuyo canto -como en “La Odisea”- invita a sumergirse en sus aguas y abandonarlo todo. Un Madrid sin clase media, con una mayoría de empobrecidos a la intemperie y unos pocos ricos y poderosos con todos los privilegios. Con una policía implacable y brutal, dirigida desde un edifico llamado El Cubo, y con una Universidad de la que se han suprimido las carreras de Letras (Filosofía, Literatura, Latín, Música o Historia del Arte) porque “no está muy claro que se pueda hacer dinero con semejantes conocimientos”. Además, en la plaza Castilla -en una clara referencia literaria a la novela “Farenhait 451”- hay un permanente crematorio de libros cuya columna de humo se eleva sobre la ciudad. Sólo unos pocos “no-gobernables” resisten a duras penas y luchan por cambiar la situación. Uno de ellos será el principal personaje de la novela.

La estructura narrativa de “Madrid: frontera” es también inusual e innovadora. Se utiliza la segunda persona del singular de un narrador que habla directamente con el protagonista y, a veces, ambos dialogan a través de preguntas y respuestas casi siempre breves. [“Te llamas Igi W, Manchester. Tienes treinta años y tu vida es un interminable día de lluvia. Es algo que no debes olvidar jamás. La pérdida de identidad (no saber quién eres) es la madre de todas las desgracias. ¿Entiendes?”]. La novela esta dividida en capítulos cortos cuyo título es un nombre propio. Las frases son también cortas y la sintaxis sencilla. El relato está desnudo, sin referencias temporales ni transiciones, sin descripciones ni nada que distraiga ni pueda resultar superfluo o prescindible. Y cuando la novela, por repetición, parece rozar el aburrimiento, un giro narrativo encarrila el final con nuevos bríos y acelera su ritmo avivando el interés del lector.

“Madrid: frontera” parte de una realidad ya existente para crear una historia futura en la que se confirman y se llevan al extremo las peores tendencias que apuntan en la sociedad actual. Esperemos, por el bien de todos, que en el futuro no se confirmen esos negros y pesimistas presagios.

Madrid: frontera”. David Llorente. Editorial Alrevés. 2016. 216 páginas.

Carlos Bravo Suárez

jueves, 16 de febrero de 2017

DE ESCALONA A SAN VICENTE DE LABUERDA POR MURO DE BELLÓS Y MORILLO DE SAMPIETRO























El Centro Excursionista Ribagorza pudo realizar el pasado domingo la excursión por el Sobrarbe que el mal tiempo había obligado a suspender el fin de semana anterior. Aunque de nuevo el pronóstico meteorológico era algo incierto, treinta participantes nos dimos cita para recorrer andando el itinerario que va desde Escalona a San Vicente de Labuerda, pasando por Muro de Bellós y Morillo de Sampietro y combinando tramos del PRHU-40 y el PRHU-185. La jornada transcurrió con cielos siempre cubiertos, pero sin lluvia y con una temperatura ideal para la práctica del senderismo.

A las siete de la mañana salimos de Graus en autobús en dirección a Escalona, adonde llegamos poco después de las ocho. En Escalona (610 m.), tomamos el PRHU-40 que, cortando varias veces una pista recientemente asfaltada, nos dejó en una hora de subida en Muro de Bellós, precioso despoblado a 960 m. de altitud y magnífica atalaya sobre el valle del Cinca con inmejorables vistas de la Peña Montañesa, la Peña Solano y la Punta Llerga con sus cimas ahora cubiertas de nieve. Hicimos una parada para reponer fuerzas y nos detuvimos en una borda de las afueras que se está acondicionando para hacer las veces de vivienda en la película “Bajo la piel del lobo”, cuyo rodaje está a punto de iniciarse.

Desde Muro de Bellós, el camino asciende en dirección al oeste para, tras pasar por un corto tramo arcilloso, llegar a un collado donde confluyen el PR-HU40, que lleva a San Vicente de Labuerda por el camino más corto, y el PRHU185, que va a Morillo de Sampietro y permite también, dando un mayor rodeo, dirigirse después a San Vicente. Nosotros elegimos esta segunda opción y nos adentramos en un bonito sendero que transcurre en un continuo sube-baja por un húmedo y frondoso bosque de pinos, bojes y preciosos ejemplares de carrasca. Desde el camino, disfrutamos de magníficas vistas de la sierra de Sestrales, el Castillo Mayor y, más al norte, las Tres Sorores y las Tres Marías. Después de pasar por el Portillo de los Valles, situado a poco más de 1300 m. de altitud, el sendero desemboca en una pista que hay que seguir hasta alcanzar un cruce de caminos que por nuestra izquierda nos lleva a San Vicente de Labuerda y por la derecha a Morillo de Sampietro. Tomada esta última opción, seguimos un corto tramo de pista para desviarnos a nuestra derecha por un sendero señalizado que, en alrededor de media hora de bajada, desemboca en Morillo de Sampietro. Esta localidad, situada a 970 m. de altitud, ha recuperado algunas de sus viviendas y cuenta hoy al menos con un habitante, que nos hizo una foto de grupo delante de la magnífica iglesia románica de San Lorenzo, con interesantes restos de pinturas en su interior.

Desde Morillo de Sampietro desanduvimos, ahora en ascenso, el camino hasta el citado cruce y, tras una ligera subida, iniciamos el camino de bajada hasta San Vicente de Labuerda, donde nos esperaba el autobús. Antes de llegar a él, pasamos por la extraordinaria Abadía de San Vicente, una de las construcciones religiosas más destacadas de la comarca del Sobrarbe. En la misma localidad, destaca también la torre defensiva de Casa Buil, con una bonita ventana geminada.

En San Vicente (780 m.), terminó nuestro recorrido andando. Habían sido casi 16 km en poco más de seis horas de caminata, contando las paradas. El desnivel acumulado de subida fue de casi 1300 m. y el de bajada de algo más de 1.100 m. El autobús nos bajó hasta Labuerda donde, en un restaurante de la localidad, disfrutamos de una estupenda comida con la que nos repusimos con creces del esfuerzo realizado.

Carlos Bravo Suárez

Fotos: Grupo en la iglesia de Morillo de Sampietro, Peña Montañesa, Peña Solano y Punta Llerga desde el camino de Escalona a Muro de Bellós, Muro de Bellós ( cinco fotos), bosque, Morillo de Sampietro (tres fotos), Abadía de San Vicente de Labuerda (seis fotos), San Vicente de Labuerda con Peña Montañesa al fondo y Casa Buil (dos fotos)

Artículo publicado en Diario del Alto Aragón (167272017)