jueves, 28 de febrero de 2008

HENRY RUSSELL, EL ENAMORADO DE LOS PIRINEOS

Henry Russell fue uno de los grandes pirineístas del siglo XIX. Dedicó gran parte de su vida al conocimiento inagotable de las altas montañas que se extienden a ambos lados de la cordillera. Impregnado del espíritu romántico de su tiempo, buscó la plenitud en la inmensidad de los paisajes pirenaicos y escribió después sobre su experiencia pionera en unas cumbres por aquellos días casi vírgenes y aún desconocidas del gran público. Vivió la montaña con la pasión de un enamorado y con el recogimiento franciscano de un místico. En la soledad y la belleza de los espacios agrestes de los Pirineos, persiguió una elevación espiritual que al descubrimiento de lo nuevo añadía un deseo casi panteísta de fundirse con la naturaleza en su estado más puro y genuino. En el esfuerzo de las largas caminatas, supo apreciar con sensibilidad exquisita toda la poesía que atesoran las piedras, las nieves, las aguas y los bosques de las hermosas montañas pirenaicas.

Sobre este personaje singular, de titánico y descomunal esfuerzo montañero, ha sido publicada una bella autobiografía ficticia editada por Prames en su colección Las Tres Sorores y titulada "Yo, Henry Russell". El libro, que cualquier amante de la montaña leerá con placer, ha sido escrito por Alberto Martínez Embid, montañero de experiencia, colaborador en diversas publicaciones y autor de obras tan excelentes como "La brecha de Rolando" ( Desnivel, 2000). Sin duda, escribir el libro que nos ocupa ha supuesto una ardua labor de documentación, que ha pasado necesariamente por la lectura de la extensa obra de Russell a la que se puede acceder a través del trabajo de Jacques Labarère "Henry Russell-Kilough (1834-1909). Explorateur des Pyrénées. Bio-bibliografhie".

Henry Russell nació en Toulouse en 1834 en el seno de una familia aristocrática. Su padre, Thomas John Russell-Killough, era un irlandés, defensor a ultranza de la causa católica, que por motivos religiosos y políticos emigró a Francia en 1820. Tras enviudar de su primera mujer, casó en segundas nupcias con Ferdinande-Clementine de Groselles, segunda hija del marqués de Flamarens y hermana de un chambelán del emperador Napoleón III. Henry, que poseía el título de conde, fue el primero de los cuatro hijos de ese enlace franco-irlandés y, aunque fue registrado como súbdito británico, se educó en la lengua francesa de su madre y en ella escribió su extensa obra literaria. Tras unos años de vida nómada, su familia se trasladó a la villa termal de Bagnères-de-Bigorre, donde el joven Russell entró en contacto con la montaña y el excursionismo en el que su madre lo inició progresivamente. Tras su paso por Luchon, la familia se desplazó a Irlanda, pero Henry decidió regresar pronto al continente. Fascinado por las noticias que leía sobre guerras lejanas y países exóticos, sintió la imperiosa necesidad de viajar y conocer el mundo. En 1856 se enroló como marinero para alcanzar el continente americano y llegar hasta el Perú. Enfrentado con el capitán de su barco, regresó a Europa para iniciar un nuevo viaje a los Estados Unidos y Canadá, sobre cuya experiencia escribió a su vuelta algunos artículos en la gaceta "Mémorial des Pyrénées". Fue en París donde se enamoró de la joven Maud, hija de un pastor protestante y por ello vetada enérgicamente por el ultracatólico padre de Russell como futura esposa de su hijo. Parece que fue tan grande la decepción del joven Henry que nunca más albergó deseos serios de casarse y se mantuvo para siempre en una contumaz soltería.

Entre 1858 y 1861, y ya con el soporte económico de su familia, lo que no le evitó pasar algún momento de apuro, el conde Russell realizó un extraordinario viaje que le permitió atravesar Rusia y la estepa siberiana y penetrar después en la lejana China. Camuflado entre una delegación diplomática rusa, logró salvar la prohibición que impedía a los occidentales la entrada en el país. Desde allí navegó hasta Japón y llegó más tarde a Australia, donde quedó sorprendido por el alto grado de alcoholismo de sus habitantes, y a Nueva Zelanda. A su regreso a Europa dio a conocer sus experiencias en el trabajo "Seize mille lieues à travers l'Asie et l'Océanie". Se ha dicho con frecuencia que Julio Verne pudo documentarse en el viaje de Russell para su novela "Michel Strogoff", y que incluso el joven Henry pudo inspirar al gran escritor francés el personaje Phileas Fogg, protagonista de "La vuelta al mundo en ochenta días".

De nuevo en Francia, Russell fijó, desde finales de 1861, su residencia definitiva en la villa pirenaica de Pau, en el número 14 de la calle Marca. A través de la ventana de su austera habitación, contemplaba la cadena montañosa que iba a recorrer de extremo a extremo y que sería durante toda su vida el objeto de una pasión irrefrenable. El conde vivía de las rentas de sus granjas y posesiones y decidió convertirse en sucesor de los primeros grandes pirineístas, como Louis Ramond o su idolatrado Vicent de Chausenque. Inició así la enorme y casi obsesiva afición a explorar continuas rutas y descubrir nuevas vías de ascenso a las cumbres pirenaicas, en una febril e inagotable actividad montañera a la que dedicó sus descomunales energías. Puede decirse que pocos fueron los picos de más de tres mil metros no conquistados en su frenético deseo de poseer la cordillera. Ataviado con una llamativa indumentaria a la que se había aficionado en oriente, calzado con las botas de clavos que se hacía fabricar y apoyado en su bastón de madera de fresno, eran infatigables sus excursiones por los montes de Pirene. Famoso por su voraz apetito, sabía adaptarse a la escasez de víveres que a veces los imprevistos de la marcha le deparaban. Poco amante de madrugar, realizaba con frecuencia sus excursiones con el objeto de dormir sobre las cimas conquistadas o de efectuar el regreso en plena noche. Henry Russel pasa por ser el iniciador de las ascensiones invernales y el inventor del saco de dormir. Este último lo copió en realidad de un aduanero español al que vio pernoctar envuelto en un saco hecho con el vellón de varias ovejas. Tomándolo como modelo, se hizo fabricar uno igual con las pieles cosidas de seis corderos. El invento pesaba tres kilos y Russell lo probó satisfactoriamente una gélida noche sobre la cima del Aneto. Nunca faltaban en sus largas caminatas el "chartreuse", el ponche y los cigarrillos. Como era propio de una época en que muchos de los montañeros con afanes de descubridores y deseosos de dejar su nombre en la cordillera eran aristócratas, el conde Russell se hacía acompañar de guías y porteadores que realizaban casi siempre lo más penoso de los trabajos de escalada. Tuvo algunos guías fieles y muy queridos, casi todos franceses, pero fueron españoles algunos ocasionales, como el panticuto Pablo Belio, el benasqués Marcial o el también altoaragonés Antonio Pueyo, quien le condujo con sabiduría de los Eristes al macizo de Llardana.

Se convirtió asimismo en el cronista de sus propias gestas pirenaicas, papel que, según él, el gran Chausenque había dejado vacante. Escribió numerosos libros, colaboró en diversas publicaciones montañeras y recopiló artículos y trabajos que sirvieron de base para su magna obra y gran legado literario "Souvenirs d'un montagnard", cuya edición definitiva apareció en 1908. Ayudó a fundar la "Société Ramond" de Bagnères-de-Bigorre, una de las primeras sociedades europeas de montaña, a la que pertenecieron algunos de los más eminentes pireneístas franceses del momento. Apadrinado por el inglés Packe, gran amigo suyo y también inveterado amante de los Pirineos, ingresó en el elitista Alpin Club británico y contribuyó más tarde a la creación del Club Alpin Français. Desde esta entidad impulsó la construcción de una cabaña en Monte Perdido que supuso el embrión de los posteriores refugios de montaña pirenaicos. A pesar de su concepción romántica y solitaria de la práctica montañera, cayó en ocasiones en la tremenda competencia que se desató entre los pirineístas por dar a conocer las exploraciones de la época. Tampoco pudo evitar verse envuelto en algunas polémicas y rechazó las prácticas modernas y exhibicionistas de los más jóvenes aficionados que introducían métodos más propios de funambulistas que de verdaderos amantes de la montaña. Detestó el montañismo de salón y llegó a abandonar a los brindis un banquete del Club Alpin Français para "purificarse" con una nueva ascensión al Vignemale. En los últimos años de su vida se alarmó ante el creciente número de turistas que invadía la paz y el silencio de sus queridos Pirineos.

Tras una larga poligamia con casi todas las cumbres de la cordillera, Rusell se hizo finalmente monógamo de una sola de sus montañas: el Vignemale, denominado Comachibosa en la vertiente aragonesa. La ascendió treinta y tres veces y logró una simbólica concesión de propiedad sobre doscientas de sus hectáreas en las que horadó hasta siete cuevas, bautizadas con nombres como Ville Russell, Belle-Vue, Paradis o Cueva de las Damas. Hasta estas oquedades subieron numerosos invitados a celebrar fiestas y banquetes, e incluso las hizo consagrar por un sacerdote en una ceremonia religiosa que remedaba el matrimonio de Russell con su montaña preferida.

Tras este delirante paroxismo de amor al Vignemale, las fuerzas del conde comenzaron a decaer y una enfermedad incurable le obligó a retirarse a Biarritz, donde siempre había pasado temporadas de descanso. Henry Russell murió a principios de febrero de 1909 a los 75 años. Su cadáver fue trasladado a Pau, en cuyo cementerio fue enterrado en el panteón familiar. En 1901 el gobierno galo ya le había concedido la Legión de Honor; tras su muerte, diversas calles y plazas francesas recibieron su nombre en Lourdes, Luchon, Tarbes, Toulouse, Biarritz o Bagnères-de-Bigorre. En España, en el macizo de la Maladeta, el pico que él denominó Pequeño Aneto, conocido también como Tuca del Cap de la Vall, pasó a llamarse Pico Russell aún en vida del insigne montañero y escritor.

Quiero terminar reproduciendo las bellas palabras que Henry Russell escribió en "Souvenirs d'un montagnard" y que encabezan el magnífico libro de Alberto Martínez Embid del que he extraído los datos de este artículo: "He visto bastantes montañas: el Himalaya, los Andes, los picos fúnebres de Nueva Zelanda, los Alpes y el Altai; todas, más nevadas que ahora. Durante toda mi vida he amado, yo diría que he adorado a las montañas, ascendiéndolas con pasión. Puedo comparar entre sí a muchas de ellas; pero, por ciego que sea el amor, creo tener razón al admirar más que nunca a los Pirineos, a su cielo tan azul y limpio, a sus hielos resplandecientes, a sus aspectos vaporosos, a las llanuras ardientes y aterciopeladas adormecidas en su base bajo el sol más hermoso, y a esas aguas maravillosas que escapan de las nieves con furor, para calmarse enseguida sobre céspedes horizontales y serpentear en silencio entre tapices de flores tan raras y encantadoras que apenas nadie osa caminar sobre ellas. En la naturaleza pirenaica existe una poesía extrema, una armonía de formas, colores y contrastes que no he visto en ninguna otra parte".

Carlos Bravo Suárez 
(Artículo publicado en Diario del Alto Aragón, el 26 de febrero de 2006)

8 comentarios:

amparito dijo...

Gracias por esta amplia información. Tenía noticia de este personaje pero no me imaginaba una vida tan original y llena de aventura...
Me gusta sobretodo la reflexión final que afortunadamente (y con unas pocas bochornosas excepciones: pistas de esquí, macho-urbanizacónes,...) se pueden suscrubir plenamente hoy en día, varios años, incluso siglos después...
Gracias de nuevo y besos, todos los posibles.

M. A. Lordán dijo...

Estupenda reseña sobre la vida de este montañero ilustre. Enlazo este post para documentar "la foto de la quinena" de mi web www.elrincondelosfamosos.com
Gracias y a seguir con este trabajo. M.A.

Javier Fernández dijo...

Como apasionado de los Pirineos, la figura de Henry Russell siempre me a aportado mucho, de hecho su libro "Recuerdos de un montañero" me ha servido para adentrarme en los primeros años del pirineismo. Tu articulo me a reportado datos desconocidos sobre la persona y vida del gran poeta de los Pirineos,del cual me considero un gran admirador, y por lo tanto te agradezco este escrito.

carlos bravo suarez dijo...

Gracias Amparito, M.A. Iordán y Javier Fernández por vuestros amables comentarios.

hierro64 dijo...

Gracias a su muy interesante articulo he conocido los libros de Labarere y de Martinez Embid. Me parece que el segundo ha copiado mucho el libro en frances de Labarere

Juane Alemany Barres dijo...

Hola Carlos.
Ha sido algo ''chocante'',ya que en nuestra travesía de dos días por pirineos,cuando andábamos cerca del Vignemale,me fije en la ladera norte del valle d'Ossue,había como dos túneles o cuevas...Los fotografié con zoom y vi que si,que eran lo que parecía.Me llamo la atención y buscando información me encuentro con que Henry Russell mando escavar varias cuevas...Bueno con tu permiso voy a poner el enlace a tu articulo...
Saludos.

Antonio Díaz dijo...

Gracias por este interesante artículo. Ya había visto, cuando subí al Vignemale, las cuevas con el nombre de este señor y para el próximo verano voy a ir con mi grupo de montaña (San Bernardo, de Turón-Asturias) a los picos Tempestades, Margalida y Russell y me picó la curiosidad, por lo que encontré tu estupendo artículo. ¡Gracias!

Luis dijo...

Gran artículo